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DANIEL MORCATE

19 de julio de 2017 06:23 PM

Algunos dicen que quieren derrocar al castrismo llevándole turismo, negocios y hasta flores. Sus razones o sinrazones tendrán. Prefiero a los que continúan recordándole –y recordándonos– los desmanes que han cometido y que aún cometen la dinastía de los Castro y sus compinches. Por eso di la bienvenida hace unos meses a la Comisión Fiscalizadora de Crímenes de Lesa Humanidad del Castrismo. Y ahora celebro que haya llevado a cabo la semana pasada su primera audiencia en Miami, ciudad que, por tradición, ha sido la capital de la memoria de los desmanes castristas, aunque últimamente pareciera aspirar al título contrario, es decir, al de capital del olvido de esos crímenes. Es un síntoma del envejecimiento del exilio, ya lo sé. Pero también de que tenemos la natural cuota de sabandijas y tarugos sin la cual ninguna comunidad sería una comunidad humana.

Integran la comisión no solo cubanos que fueron víctimas del régimen de la familia Castro sino también personalidades extranjeras, como el jurista mexicano René Bolio, quien la preside, el líder opositor chino Yang Jianli, a quien no hay que explicar por dónde va la cosa y el abogado español Manuel Zalba, fundador de la Red Interamericana Líder. También cuenta con activistas de derechos humanos de Uruguay, Venezuela, Italia y Siria. Este refrescante cosmopolitismo corrige la relativa soledad con que se han librado muchas batallas políticas contra el castrismo. Y sirve de oportuno recordatorio de que, a través de su larga historia, el régimen ha dejado un extenso reguero de víctimas por el mundo, desde América Latina y Estados Unidos hasta África y Asia, donde incluso los torturadores en Vietnam del senador John McCain y otros prisioneros de guerra estadounidenses despedían un fuerte tufo a habano barato y chapurreaban inglés con acento de Pogolotti.

La comisión dio su primer aldabonazo cuando se reunió hace un tiempo con Luis Almagro, el secretario general que libra una lucha quijotesca por convertir a la OEA en algo más que en un centro vacacional y rrecreativo para diplomáticos americanos. Luego, por espacio de cinco horas el pasado jueves, escuchó testimonios desgarradores de personas que sufrieron prisión infrahumana en las infames celdas tapiadas de las cárceles castristas y torturas como las de los llamados “ruidos eléctricos” o que perdieron hijos y nietos en el hundimiento del Remolcador 13 de Marzo en 1994, en el que perecieron 41 cubanos que intentaban ejercer su derecho elemental a abandonar la isla. Tampoco faltaron familiares de los pilotos civiles de Hermanos al Rescate a los que vilmente asesinara el régimen sobre el Estrecho de la Florida en 1996.

Este valioso ejercicio de la memoria histórica contrasta con el borrón y cuenta nueva que, frívola e irresponsablemente, venden los mercaderes del olvido de los crímenes castristas. Su objetivo es buscar alguna forma de justicia para las víctimas pasadas, protección para las actuales y cambios sustantivos que conduzcan a Cuba por la senda de las naciones civilizadas que cuentan con un estado de derecho, practican la democracia y respetan los principios plasmados en la Carta Universal de Derechos Humanos de la ONU de la que La Habana es signataria. La comisión cumple ya una importante misión ética. Pero además, en la practica, se propone elevar los expedientes que recaba a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con sede en San José de Costa Rica, a la Corte Penal Internacional, radicada en La Haya, Holanda, y a tribunales nacionales de países que han declarado la guerra judicial a graves violaciones humanitarias internacionales o cuyos ciudadanos han sido o son víctimas del castrismo.


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